Ese hombre es madera y cuerda en mí. Ese niño es quien le juega un nunca jamás a la guerra. Son sus manos el nido de mis sueños. Es su voz el transporte de mis deseos, de mis buenos deseos. Es la mirada que confía en tiempos de desconciertos. Un gran pequeño en donde vi a salvo mi utopía de continente sano, de hombres erguidos de cara al tiempo. Es el viento que vuela las cenizas que dejó a su paso el incendio, dándole aires de vida a mis más genuinos anhelos. Es un niño llevando el traje de un hombre con una estrella en el pecho. Es la clara certeza de sabernos vivos, el grito que recuerda seguir recordando, seguir andando aún en los peores tiempos de quietud. Es la balanza que nivela mis más temidas inestabilidades.